No todo depende de ti
La trampa del “yo puedo solo” y la paz que llega cuando dejamos actuar a Dios.
“Todo lo puedes lograr”.
“Créelo y pasará”.
“Tu único límite eres tú”.
Al principio suena bien.
Motiva. Empuja. Da fuerza.
Hasta que un día, sin saber muy bien cómo, te das cuenta de lo cansado que estás.
Intentando sostenerlo todo solo.
Con la sensación de que no puedes fallar, de que no puedes parar, de que no puedes aflojar… porque, de algún modo, todo depende de ti.
Vivimos rodeados de mensajes que nos repiten que podemos con todo. Que si nos esforzamos lo suficiente, si nos organizamos mejor, si trabajamos más en nosotros mismos, nada debería detenernos. Libros, discursos, contenidos que prometen fortaleza emocional, control, autosuficiencia.
Y, sin darnos cuenta, algo se va instalando en el corazón.
Una autosuficiencia silenciosa.
Un ego que no siempre se nota.
Una vanidad bien disfrazada de “querer ser mejor”.
Crecemos en una cultura que nos empuja a pensar que todo depende de nosotros. Que todo debemos sostenerlo, preverlo, controlarlo. Que si algo no sale bien, es porque no hicimos lo suficiente.
Pero si somos honestos con nosotros mismos, sabemos que pocas cosas dependen solo de nosotros.
Aun así, vivimos dentro de una burbuja de control aparente. Una burbuja frágil, agotadora. Y nos aferramos a ella mientras por dentro estamos tensos, inquietos, siempre un poco al límite.
Vivimos estresados pensando que si no alcanzamos el sueldo que esperábamos, algo va mal;
que si aún no tenemos claro qué queremos, sentimos que vamos tarde en la vida;
que si todavía cargamos heridas, inseguridades o miedos, no estamos listos para empezar una relación;
que si cierta edad llega y no nos hemos casado, nos quedamos atrás;
que si no ahorramos lo suficiente, no podremos sostener una familia.
Y así, poco a poco, empezamos a medir nuestra vida desde el miedo…
y no desde la verdad de quiénes somos.
En esa carrera sin freno, nos alejamos del centro.
De lo más importante.
Incluso siendo creyentes, muchas veces vivimos como huérfanos.
Huérfanos en la fe.
Huérfanos del amor del Padre.
Vivimos con miedo a perder el control.
Y ese miedo, muchas veces, se disfraza de soberbia.
La soberbia no siempre se manifiesta como orgullo evidente. A veces aparece cuando olvidamos quiénes somos.
Cuando dejamos de vivir como hijos y empezamos a actuar como si fuéramos los dioses de nuestra propia vida.
Cuando relegamos a Dios y creemos —aunque no lo digamos en voz alta— que todo es mérito nuestro, que todo depende de nuestro esfuerzo, de nuestra planificación, de nuestra fuerza.
Olvidamos la gracia.
Olvidamos que la fe no es una conquista personal, sino un don.
Un regalo que no se gana: se recibe.
La Escritura nos lo muestra con claridad en la historia de Sansón.
Sansón no era fuerte por sí mismo.
Su fuerza venía de la gracia de Dios que reposaba sobre él.
Mientras su corazón permaneció cerca de Dios, fue invencible.
Pero cuando empezó a confiar más en sí mismo que en Aquel que lo sostenía, se debilitó.
No perdió la fuerza de golpe: primero se apartó el corazón.
Sansón creyó que podía seguir adelante como siempre…
y no se dio cuenta de que la gracia ya no estaba actuando del mismo modo.
No porque Dios lo hubiera abandonado,
sino porque Sansón había dejado de apoyarse en Él.
Nos pasa algo parecido.
No dejamos de creer de un día para otro.
Simplemente empezamos a decirle a Dios, en silencio:
“me encargo yo”,
“déjame esto a mí”,
“yo puedo solo”.
Y nos debilitamos.
No porque seamos incapaces,
sino porque no estamos hechos para sostener la vida solos, sin gracia.
El problema no es querer crecer.
El problema no es esforzarse, ni madurar, ni asumir responsabilidades.
El problema es creer que podemos hacerlo sin Dios.
Esa es una de las mentiras más sutiles de nuestro tiempo espiritual:
creer que podemos solos, sin gracia.
No es falta de fuerza lo que nos agota.
Es exceso de control.
No es que no podamos.
Es que no estamos hechos para hacerlo solos.
Tan centrados estamos en nosotros y en la lógica del mundo, que olvidamos que tenemos un Dios que lo ha dado todo —y lo sigue dando todo— por nosotros, cada instante del día.
Olvidamos que, así como un bebé no aprende a amar ni a confiar sin un rostro que lo sostenga, nosotros necesitamos del amor y del sostén de Dios para vivir una vida plena y en libertad.
Claro que podemos vivir una vida sin Él. Dios nos ha dado el don del libre albedrío.
Pero que podamos vivir sin Dios no significa que ese sea su plan, ni su deseo para nosotros.
Él no quiere que vivamos angustiados, estresados, frustrados, creyendo que estamos solos frente a la vida.
No quiere que carguemos con todo como si todo dependiera únicamente de nuestras fuerzas.
Quiere que vivamos acompañados.
Sostenidos.
Guiados.
Quiere darnos Su amor, Su gracia.
Esa gracia que se hace visible en tantos momentos de nuestra vida:
en el duelo que dolió, pero se atravesó con una paz inexplicable;
en la fuerza que apareció cuando pensaste que no podrías más;
en decisiones que tomaste sin saber cómo;
en caminos que no entendías, pero que te sostuvieron.
Ahí estaba Dios.
Siempre ha estado.
Jesús nunca prometió una vida sin sufrimiento.
Pero sí nos dijo algo muy distinto a lo que promete el mundo:
su yugo es suave y su carga es ligera.
El problema es que seguimos aceptando yugos que no nos corresponden.
El del “yo, yo, yo”.
El del “todo depende de mí”.
Y eso cansa el alma.
No fuimos creados para cargar solos con la vida.
Fuimos creados para vivir sostenidos por la gracia y el amor.
Con nuestras fuerzas llegamos hasta cierto punto.
Con nuestra voluntad, con nuestra disciplina, con nuestro empeño… avanzamos.
Pero nuestras fuerzas siempre son limitadas.
Solo la gracia de Dios nos permite vivir en plenitud y en paz.
Con nuestras fuerzas hacemos mucho.
Pero sin la gracia de Dios, nunca lo suficiente para vivir en paz.
Con Él, en cambio, lo podemos todo.
Y no hay que tenerle miedo a eso.
No hay que tenerle miedo a que sea Él quien guíe,
a que sea Él quien sostenga,
a que sea Él quien actúe en libertad en nosotros.
Porque cuando dejamos de luchar por tener el control,
cuando soltamos el “a mi manera” o el “me encargo yo”,
cuando dejamos de creer que todo depende de nosotros…
algo se aquieta por dentro.
La paz llega.
La libertad se siente.
El corazón descansa.
No porque todo se resuelva de golpe,
sino porque ya no estamos solos cargándolo todo.
Con su gracia, sí lo podemos todo.
Pero no solos.
Lo podemos todo con Él, si abrimos el corazón,
si confiamos en que Él sabe más,
y en que su amor no nos quita nada… lo ordena todo.
No vivamos como huérfanos.
No carguemos la vida como si estuviéramos solos.
Vivamos como hijos.
Vivamos como hijas.
Dejemos que Dios sea Dios en nuestras vidas.
Sepamos que con Su amor y Su gracia basta… e incluso sobra,
porque Él no se deja ganar en generosidad y se desborda de amor y gracia cuando lo dejamos.
:)
Gracias por leer. Si estas palabras tocaron algo en ti, compártelas o deja un comentario —así estas ventanas pueden llegar a más almas que también buscan a Dios en su camino. ❤️




“No es que no podamos.
Es que no estamos hechos para hacerlo solos.”
Esta frase me llegó al
Corazón. Gracias por dejarte usar por Dios!!!
Me ha encantado gracias. Pienso lo mismo, y poca gente lo dice.
La frase si quieres puedes es totalmente falsa. Está el número 1 del mundo, pero y el número 2, 3... ¿El número 50, no quería y por eso no lo consiguió?
Vivimos en un mundo muy competitivo y exigente. A veces, hay que dejarse llevar.
Gracias por tu reflexión.